Carolyn Medina de los Santos
Lic. en Educación Básica; Magíster en Gestión de Centros Educativos (ISFODOSU, Recinto Urania Montás) y Especialidad en Lengua Española y Literatura (UASD).
Hablar de poesía no es hablar únicamente de versos ni de rimas; es hablar del ser humano en su estado más desnudo. Esta nace donde termina el ruido del mundo y comienza el murmullo del alma, respondiendo a una necesidad íntima, casi biológica, de expresar aquello que duele, lo que amamos, lo que perdemos o aquello con lo que soñamos. Es, al mismo tiempo, refugio y revelación.
Desde siempre he sentido que la poesía no se escribe, se respira. Nos habita incluso antes de que aprendamos a ponerla en palabras. Está en la memoria de la infancia, en la ausencia de quienes amamos, en la rabia frente a la injusticia y en la esperanza que nos levanta cada mañana. Es un cóctel de emociones diversas; en esencia, la vida misma intentando comprenderse.
No es casual que tantos pensadores hayan reconocido su fuerza transformadora. El poeta mexicano Octavio Paz, en su obra El arco y la lira, afirma que: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, método de liberación interior”. Esta idea revela algo fundamental: la poesía no es un adorno del lenguaje, sino una forma de conocimiento. A través de ella comprendemos la realidad y, al mismo tiempo, la reinventamos. Nos permite mirar el mundo con otros ojos y, sobre todo, mirarnos por dentro sin máscaras.
Cuando escribimos o leemos un poema, algo se mueve en nosotros. Se fracturan certezas y se abren preguntas que nos llevan a recordar zonas olvidadas del espíritu. La poesía nos enfrenta con la verdad, no solo con la razón, incluso cuando esa verdad duele. De algún modo, como lo sugieren las utopías imaginadas por Tomás Moro, la poesía también nos invita a pensar en mundos posibles y en realidades que aún no existen.
Esta concepción no es nueva. Miguel de Cervantes describía la poesía como una “bellísima doncella”, amiga de la soledad, de las fuentes, de los prados y de las flores; una presencia que deleita y enseña a quienes se acercan a ella. La metáfora es reveladora: la poesía necesita silencio, contemplación y recogimiento. Muchas veces nace de la soledad, pero paradójicamente termina acompañando a todos. Lo que surge del aislamiento íntimo se convierte en consuelo colectivo.
Quizá por eso, cuando un poema logra tocarnos, sentimos que alguien ha dicho exactamente aquello que nosotros no sabíamos expresar. Esa identificación profunda la resumió magistralmente Gustavo Adolfo Bécquer con su célebre afirmación: “Poesía eres tú”. La frase trasciende el Romanticismo para recordarnos que la poesía no está solo en los libros: vive en las personas, en sus gestos, en su manera de amar, resistir y existir.
Sin embargo, en nuestra época acelerada, dominada por pantallas, inmediatez y mensajes fugaces, la poesía parece haber quedado relegada. Se le considera, injustamente, un lujo inútil o una reliquia escolar. Cada vez menos personas se detienen a leer un poema o a escribir lo que sienten. Hemos aprendido a comunicar mucho, pero a sentir poco; aun así, la poesía resiste.
Resiste en la canción que nos alegra un día difícil, en la carta que escribimos cuando no sabemos cómo despedirnos, en el docente que motiva con palabras sinceras y en el joven que transforma su dolor en versos. La poesía sobrevive porque forma parte de nuestra naturaleza. Mientras exista un ser humano intentando entender su propia historia, habrá poesía.
Por eso, defender la poesía hoy es defender la sensibilidad, la empatía y la memoria. Es recordar que el lenguaje no solo sirve para informar, sino también para sanar. Que las palabras pueden construir puentes donde antes había muros. Que la belleza convertida en versos también es una forma de resistencia.
En definitiva, la poesía es una de las expresiones más profundas que hemos creado para comunicarnos con nosotros mismos y con los demás. Nos renueva, nos humaniza y nos devuelve la capacidad de asombro. Quizá no cambie el mundo de inmediato, pero cambia a quien la escribe y a quien la lee. Y cuando una persona cambia, el mundo ya no es exactamente el mismo.
Tal vez ahí radique su verdadera revolución.

¡Excelente¡ Y quién escucha la poesía es melodía para el alma.
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