Federico Jovine Rijo
Cada generación se cree superior a la que precede, siempre ha sido así. Es una constante histórica que coexiste con la creencia de que todo tiempo pasado fue mejor, lo cual es irónico, toda vez que las generaciones actuales añoran y sobredimensionan un pasado que para las generaciones previas era su presente.
Más que carrera, la historia del sapiens es la de un ascenso, uno que nunca termina y que siempre busca escalar más alto. Lo de pensar que se puede lograr todo desde cero, o que lo que se alcanza se debe a andar a hombros de las generaciones precedentes, será una cuestión de puntos de vista y sentido de pertenencia; en todo caso, los conocimientos adquiridos y transmitidos por las generaciones previas son indispensables para lograr saltos cualitativos determinantes.
Aunque a todos los nacidos desde 1995 en adelante les llaman “Generación Z”, y a los nacidos de 2009 hasta acá son “Generación Alfa”, lo cierto es que muchos han optado por llamarlos “Generación de Cristal”, en alusión a una supuesta fragilidad manifiesta ante los problemas del mundo real; una que se caracteriza por patrones de intolerancia, ansiedad, incomprensión, incapacidad de gestionar las relaciones primarias y las dinámicas laborales del sistema económico vigente, etc.
Evidentemente que el termino es despectivo y ofensivo, y que detrás de su uso se esconde la intención de relativizar y minimizar el rol y participación de toda una generación en el proceso de cambio del paradigma productivo y cognitivo a escala global; por no hablar de una generación que tuvo que sobrevivir –en el momento crítico de asimilación e incorporación de herramientas de comunicación y relacionamiento social–, una pandemia planetaria que desarticuló el mundo y lo reinició desde cero.
Para los padres de esa generación, es más fácil criticar a sus hijos que asumir el rol de una responsabilidad fallida, porque antes de descalificar a un colectivo que mira el futuro con incertidumbre y ansiedad; antes de cuestionar a una generación que vivirá peor que sus padres; que tendrá que lidiar con las consecuencias del desastre ecológico generado por un modelo económico consumista y hedonista heredado, que es esencialmente insostenible y desigual; que sufrirá las consecuencias laborales del sistema que nosotros hemos construido; deberíamos preguntarnos en qué fallamos como padres, al momento de criar a nuestros hijos.
Esos comportamientos “de cristal” son el resultado directo de un patrón de crianza gestado dentro de una burbuja; criamos a nuestros hijos en una realidad que no se corresponde con la realidad; y, en la misma conversación entre padres en la que rememoramos y nos enorgullecemos de la forma independiente en que crecimos, compartimos contactos de nanas, tutores, choferes, clases particulares de lo que sea, clubes, etc.; obviando que nosotros no “éramos diferentes” de los muchachos de ahora; que diferentes fueron nuestros padres, que supieron cómo criar sin tanto miedo; porque, en definitiva, la Generación de Cristal somos nosotros, no nuestros hijos.
